El hambre de la posguerra causaba estragos en la década de 1940 cuando Juan Ignacio López Martel y Julia Santana González se mudaron al Lomo Magullo con seis hijos. En aquellos tiempos, nada era fácil.
Apenas unos años antes, Juan Ignacio había construido una molina de viento en Cazadores, que cubrió la demanda de gofio de este barrio cumbrero, hasta que un temporal de viento sur y lluvia derribó la torre con las aspas cayendo, en parte, hacia la ladera del barranco de los Cernícalos, quedando inutilizada.

El matrimonio formado por Juan Ignacio y Julita, como era conocida, tuvo que abandonar su industria molinera en la cumbre, y se mudaron al Lomo Magullo donde comenzarían una nueva aventura para sacar adelante a sus hijos: instalar un molino de fuego.
Allí, fueron conocidos por ser unas personas emprendedoras y con afán de progresar. Además, según cuentan los mayores, se recurría a ellos dos cuando había que amortajar a los muertos.

La empresa parecía que iba a tener éxito en vistas de la escasez de alimentos en la década de 1940. Además, su ubicación, junto a la plaza del pueblo, le convertía en el molino más cercano al centro de la población, la cual iba ocupando progresivamente con nuevas viviendas el espacio en torno a la era de trillar de la familia Herrera, que a mediados del siglo XX se remodeló para convertirse en su plaza pública. A pesar de ello, este vecindario seguía disponiendo del resto de molinos de agua cercanos, el de La Molinica, y los dos ubicados en Los Arenales, el de Los Lozano y el del Morillo, estos tres movidos gracias al gran caudal de agua que traía en aquel entonces la acequia de la Heredad del Valle de los Nueve.

Después de la guerra civil, las cartillas de racionamiento funcionaron como salvoconducto contra el hambre. Los molinos disponían de una asignación de una cantidad de millo por parte del gobierno franquista, según el número de familias que debían abastecer.
Las personas que acudían al molino o a una tienda de aceite y vinagre, en aquella época, entregaban al molinero un cupón numerado cada vez que retiraban la cantidad de gofio asignada a cada familia.
A pesar de que la cantidad de gofio asignada a cada familia dependía del número de miembros, casi siempre era insuficiente para todos.
En ocasiones eran los propios agricultores los que acudían al molino con su propia cosecha, para al cabo de unas horas, incluso al día siguiente, venir a buscar su gofio. Este trabajo de molienda se le pagaba al molinero con dinero, o a cambio de la maquila. Otras veces el grano provenía de las remesas de millo argentino que el gobierno de Eva Perón prometió a Franco. La realidad era que la insuficiente producción local y las dificultades para llegar a todos los rincones del archipiélago hicieron aún más difícil la labor de los molineros, en su afán por mitigar el hambre de sus vecinos. De esta manera, los molineros autorizados por el gobierno solicitaban la cantidad correspondiente de millo asignado a su empresa, según el número de cartillas de racionamiento que debía atender.
Así era que, el millo autorizado por el gobierno llegaba al molino de la familia López Santana en el volteo de una camioneta desde Telde, por la carretera del Valle. Una vez descargado, se almacenaba hasta que fuera tostado y molido. Según las personas mayores consultadas, y que recuerdan ver en funcionamiento este molino, las tareas del negocio se las repartían entre Juan Ignacio, que se encargaba sobre todo de descargar los sacos y de la molienda, y Julita, que solía dedicarse a tostar el millo en un tostador metálico ubicado en el patio trasero de la casa. El despacho del gofio era una labor compartida, lo que cual les convirtió durante unos años en unos vecinos conocidos e integrados en el vecindario.
“Mi madre me mandó a comprar gofio al molino de Juan Ignacio. Cuando llegué había una cola de gente esperando en la puerta a que terminara de moler… cuando ya me iba a tocar el turno, el gofio se acabó. Recuerdo que me fui caminando para mi casa con aquella pena… yo apenas una niña.“
Maruca Suárez, Las Hoyetas, 1931.
Según las personas que han narrado sus recuerdos sobre este molino, Julita les decía a veces a los chiquillos del pueblo que le fueran a buscar leña para usar el tostador. A cambio, les daba un puñito de roscas, de las que reventaban al final de la tostadura, o de gofio que ellos mismos mezclaran con azúcar. Era su golosina.

Mujer tostando l Foto: F. Suárez Moreno.
El proceso de tostado requería de cierta pericia: encender leña con un fuego estable, remover constantemente para que el millo se tostara igual por todas partes, y sacarlo del tostador antes de que se tostara más de lo deseado.
Si el cliente traía su propio millo, se tostaba según sus preferencias: más tostado para un gofio un poco más amargo.
El millo asignado al racionamiento oficial del gobierno lo tostaba el molinero según su conveniencia. Lo más común era que se tostara menos; pues cuanto más crudo se dejara el grano tostado, más kilos de gofio producía.
En los años posteriores a la Guerra civil española, en ocasiones, ante la necesidad de adquirir mayor cantidad de víveres se recurría al estraperlo, es decir, a la venta no oficial de alimentos. No era para menos, en cada casa había muchas bocas que alimentar, y la cartilla de racionamiento daba para lo que daba: 1 kilo por semana y familia. Así lo atestiguan las personas que les tocó vivir esta etapa dura, en la que había que trabajar duro, e incluso recurrir a todo tipo de artimañas para lograr llevar un plato a la mesa cada día.
“Me acuerdo de la época del estraperlo. Se conseguía algo más, por la escasez, porque éramos vecinos y nos daba algún kilo más de gofio.”
Antonio Rodríguez, Lomo Magullo,1934. Vecino de este molino
La vivienda elegida fue la que sería posteriormente conocida como “la casa de Lucianito”, ubicada actualmente en el número 7 de la calle Agustina de Aragón, en la esquina suroeste de la plaza del barrio. Fue allí donde a partir de 1941 Juan Ignacio y Julia pusieron en marcha la primera industria molinera accionada por un motor de combustión, según un acertado diseño para su producción industrial.
El molino estaba compuesto por un motor de gasoil ubicado en la planta baja de la vivienda, del cual partía un tubo metálico destinado a ser el respiradero del humo. Para su funcionamiento, esta maquinaria accionaba unas correas que hacían girar el eje de la piedra del molino. Este motor era de fabricación inglesa, y poseía unas dimensiones aproximadas de un metro de ancho por dos metros de largo.

Recreación del molino de Juan Ignacio y Julia. Generado por IA
Los bidones de gasoil eran traídos desde Telde en una camioneta. Juan Ignacio los descargaba hasta el patio trasero por el camino lateral sur de la vivienda. En ocasiones, para este tipo de trabajos les pedía ayuda a los vecinos más cercanos. Se sabe que Cipriano Sánchez y Anastasio López fueron dos de los hombres que más ayudaron a los dueños del molino en estas tareas.
En la habitación ubicada al sur de la vivienda, en la planta alta que está a la altura de la calle, se despachaba el gofio, y el molino disponía de la maquinaria común de cualquier industria molinera de la época: una tolva de madera para verter dentro el grano tostado, el cual caía dentro del agujero central de las piedras de moler después de atravesar la canaleta. El millo era molido gracias al roce de la piedra superior, que giraba debido al accionamiento del eje del motor de la planta baja, sobre la inferior, que era fija.
En la habitación ubicada al sur de la vivienda, en la planta alta que está a la altura de la calle, se despachaba el gofio.
Este molino disponía de la maquinaria común de cualquier industria molinera de la época: una tolva de madera para verter dentro el grano tostado, el cual caía dentro del agujero central de las piedras de moler después de atravesar la canaleta.
El millo era molido gracias al roce de la piedra superior, que giraba debido al accionamiento del eje del motor de la planta baja, sobre la inferior, que era fija.
El gofio caía dentro de un cajón de madera, ubicado delante de la salida del grano molido.

Al trabajo propio de la producción de gofio, se añadían aquellas tareas relacionadas con el mantenimiento de su maquinaria, como era el picado de la piedra cada dos semanas, aproximadamente, por parte del molinero. Esta labor, que se realizaba comúnmente con una picareta, era necesaria para mantener la rugosidad de las caras internas de las piedras; si no se picaban periódicamente, se producía el progresivo desgaste debido a su rozamiento constante.
“Recuerdo ver a mi padre picando la piedra del molino, y después la barría muy bien para que el gofio no saliera con arenilla de la piedra.”
Adelina López, Lomo Magullo, 1941. Hija de Juan Ignacio y Julia
Lo cierto es que, pasados unos años, en 1945, Juan Ignacio y Julia decidieron trasladar su industria molinera y su familia a la calle Costa Rica, número 25, de Telde. Así, este molino comenzó a producir gofio para los residentes en la zona de los Llanos, según un acuerdo comercial con un socio, Isidro Hernández, el cual ya era propietario, junto con sus hermanos, de un taller mecánico en la cercana calle Sr. Alexander Fleming.
La historia de este molino finaliza cuando en 1950, la sociedad de ambos se liquidó y la maquinaria fue vendida a un molino del sureste de Gran Canaria.
En 1988 falleció Julia Santana González, y cuatro años más tarde, en 1992, falleció Juan Ignacio López Martel, matrimonio con diez hijos, que en la década de 1950 se asentó en el barrio de El Goro, siendo uno de sus primeros pobladores e impulsores de la asociación de vecinos de este pago de Telde, de ahí que una calle lleve su nombre.
Agradecimientos
A Adelina (Layita) López Santana (Lomo Magullo, 1941), hija de Juan Ignacio y Julia, por su narración e interés en contar su historia familiar.
Además, también agradezco el testimonio de: Maruca Suárez, Antonio Rodríguez y Diego Hernández, cuyos recuerdos han sido fundamentales para recuperar la historia de este molino.





