El molino de fuego de Juan Ignacio y Julia

Casa Lucianito. Gemini IA
Casa del molino de fuego de Juan Ignacio y Julia | Foto: Baltasar Medina

Apenas unos años antes, Juan Ignacio había construido una molina de viento en Cazadores, que cubrió la demanda de gofio de este barrio cumbrero, hasta que un temporal de viento sur y lluvia derribó la torre con las aspas cayendo, en parte, hacia la ladera del barranco de Los Cernícalos, quedando inutilizada.

Juan Ignacio López Martel (Cazadores ,1903- El Goro, 1992)

El matrimonio formado por Juan Ignacio y Julita, tal como era conocida, tuvo que abandonar su industria molinera en la cumbre, y se mudaron al Lomo Magullo donde comenzarían una nueva aventura para sacar adelante a sus hijos: instalar un molino de fuego.

Allí, fueron conocidos por ser unas personas emprendedoras y con afán de ayudar a sus vecinos. De hecho, según cuentan los mayores, se recurría a ellos dos cuando había que amortajar a los muertos.

Julia Santana González (Tenteniguada, 1907- El Goro, 1988)

La empresa parecía que iba a tener éxito en vistas de la escasez de alimentos en la década de 1940. Además, su ubicación, junto a la plaza del pueblo, le convertía en el molino más cercano al centro de la población, la cual iba ocupando progresivamente con nuevas viviendas el espacio en torno a la era de trillar de la familia Herrera, que a mediados del siglo XX se remodeló para convertirse en la plaza pública. Por aquel entonces, este vecindario ya disponía de otros molinos de agua: el de La Molinica, y los dos ubicados en Los Arenales, uno más abajo, conocido como el molino de Los Lozano y otro, el molino de Arriba, construido con anterioridad, y que actualmente se encuentra en estado de abandono. Estos tres molinos eran movidos gracias al agua que traía la acequia de la Heredad del Valle de los Nueve.

Cartilla de racionamiento en tiempos de posguerra

Después de la guerra civil, las cartillas de racionamiento funcionaron como salvoconducto contra el hambre.

Los molinos disponían de una asignación de una cantidad de millo por parte del gobierno franquista, según el número de familias que debían abastecer.

Las personas que acudían al molino o a una tienda de aceite y vinagre, en aquella época, entregaban al molinero un cupón numerado cada vez que retiraban la cantidad de gofio asignada a cada familia, dependiendo de cuántos miembros tuviera.

En ocasiones eran los propios agricultores los que acudían al molino con su propia cosecha, para al cabo de unas horas, incluso al día siguiente, venir a buscar su gofio. Este trabajo de molienda se le pagaba al molinero con dinero, o a cambio de la maquila. Otras veces el grano provenía de las remesas de millo argentino que el gobierno de Eva Perón prometió a Franco. La realidad era que la insuficiente producción local y las dificultades para llegar a todos los rincones del archipiélago complicaron la labor de los molineros, en su afán por mitigar el hambre de sus vecinos.

Así era que, el millo autorizado por el gobierno llegaba al molino de la familia López Santana en el volteo de una camioneta desde Telde, por la carretera del Valle. Una vez descargado, se almacenaba hasta que fuera tostado y molido. Según las personas mayores consultadas, y que recuerdan ver en funcionamiento este molino, las tareas del negocio se las repartían entre Juan Ignacio, que se encargaba sobre todo de descargar los sacos y de la molienda, y Julita, que solía dedicarse a tostar el millo en un tostador metálico ubicado en el patio trasero de la casa. El despacho del gofio era una labor compartida, lo que cual les convirtió durante unos años en unos vecinos conocidos e integrados en el vecindario.

Según las personas que han narrado sus recuerdos sobre este molino, Julita les pedía a veces a los chiquillos del pueblo que le fueran a buscar leña a la ladera, a la Soberana, etc., para encender un fuego bajo el tostador. A cambio, les daba un puñito de roscas, de las que reventaban al final de la tostadura, o de gofio para que ellos mismos lo mezclaran con azúcar. Era su golosina.

Mujer tostando l Foto: F. Suárez Moreno

El tostado de millo.

Requería de cierta pericia: encender leña con un fuego estable, remover constantemente para que el millo se tostara igual por todas partes, y sacarlo del tostador antes de que se tostara más de lo deseado.

Si el cliente traía su propio millo, se tostaba según sus preferencias: más tostado para un gofio un poco más amargo.

El millo asignado al racionamiento oficial del gobierno lo tostaba el molinero según su conveniencia. Lo más común era que se tostara menos; pues cuanto más crudo se dejara el grano tostado, más kilos de gofio producía.

En los años posteriores a la Guerra civil española, en ocasiones, ante la necesidad de adquirir mayor cantidad de víveres se recurría al estraperlo, es decir, a la venta no oficial de alimentos. No era para menos, en cada casa había muchas bocas que alimentar, y la cartilla de racionamiento daba para lo que daba: 1 kilo por semana y familia. Así lo atestiguan las personas que les tocó vivir esta etapa, en la que había que trabajar duro, e incluso recurrir a todo tipo de artimañas para lograr llevar un plato a la mesa cada día.

Al trasladarse al Lomo Magullo, Juan Ignacio y Julia alquilaron como residencia familiar la casa propiedad de Antonio García, junto a la plaza del pueblo, donde hoy día se encuentra el local social. En esta vivienda residieron varias familias por temporadas en las décadas de 1940 y 1950 debido a que sus propietarios se mudaban al sureste de la isla, con motivo de la zafra de tomates. En estos períodos de ausencia, esta vivienda se alquiló, entre otros, a este matrimonio procedente de Cazadores. Aquí vivieron desde 1941 a 1947, y nacieron dos de sus hijos: Adelina (1941) y Fermín (1943).

Restos de la era de trillar y casas, en el lugar donde se ubicó posteriormente la plaza de Lomo Magullo. Década de 1940. l Foto: autor desconocido. Tratamiento de la imagen con IA.

Ubicación del molino de fuego

La primera casa de la izquierda es la sede de la Sociedad «La Diversión».

La segunda era la vivienda de la familia García, donde residieron de alquiler Juan Ignacio y Julia.

La tercera casa es la vivienda de Lucianito y Ferminita, donde se ubicó el molino en la habitación de la esquina.

La casa de en frente, era de Dionisio Rodríguez Rodríguez, que trabajaba en la finca de Las Hoyas, Tecén. Al fondo, la desaparecida montaña de Santidad.

La vivienda elegida para la ubicación del molino fue la habitación oeste de la casa contigua, propiedad de Luciano López López (1906-1991) y Eulogia Robaina López (1906-1996), conocida como Ferminita, en el número 7 de la calle Agustina de Aragón, esquina de la plaza del barrio. Fue allí donde a partir de 1941 Juan Ignacio y Julia pusieron en marcha su industria molinera, a la cual se accedía a la habitación desde la puerta de la derecha, quedando las dos puertas restantes para uso de la familia de Lucianito y Ferminita. Hoy día esta puerta del molino está convertida en una ventana, a raíz de una reforma (ver foto de portada de este artículo).

Según la descripción facilitada por el vecino Antonio Rodríguez, este molino estaba compuesto por un motor de gasoil, de combustión, ubicado en la planta baja de la vivienda, del cual partía un tubo metálico destinado a ser el respiradero del humo. Para su funcionamiento, esta maquinaria accionaba unas correas que hacían girar el eje de la piedra del molino. Este motor era de fabricación inglesa, y poseía unas dimensiones aproximadas de un metro de ancho por dos metros de largo.

Recreación del molino de Juan Ignacio y Julia. Generado por IA

Los bidones de gasoil eran traídos desde Telde en una camioneta. Juan Ignacio los descargaba hasta el patio trasero por el camino lateral sur de la vivienda. En ocasiones, para este tipo de trabajos les pedía ayuda a los vecinos más cercanos. Se sabe que Cipriano Sánchez López y Anastasio López González fueron dos de los hombres que más ayudaron a los dueños del molino en estas tareas.

Según el testimonio de sus actuales moradores, en la habitación donde estaba la maquinaria el molino, alquilada a Juan Ignacio y Julia, llegó a existir también una tanqueta para amasar harina, destinada a elaborar pan. Además, en el patio trasero había un horno para hacer pan, aunque se desconoce si fue destinado solo para el consumo de la familia o para vender al público.

Al trabajo propio de la producción de gofio, se añadían aquellas tareas relacionadas con el mantenimiento de su maquinaria, como era el picado de la piedra cada dos semanas, aproximadamente, por parte del molinero.

Esta labor, que se realizaba comúnmente con una picareta, era necesaria para mantener la rugosidad de las caras internas de las piedras; si no se picaban periódicamente, se desgastaban debido a su rozamiento constante.

Picado de la piedra de molino. Imagen generada por IA

Lo cierto es que, pasados unos años, en 1947, Juan Ignacio y Julia decidieron trasladar su industria molinera y su familia a la calle Costa Rica, número 25, de Telde. Finalizaba así un corto período de apenas seis años de actividad de este molino en Lomo Magullo, motivo por el cual pocas personas lo recuerdan. A partir de entonces, este molino comenzó a producir gofio para los residentes en la zona de Los Llanos, según un acuerdo comercial con un socio, Isidro Hernández, el cual ya era propietario, junto con sus hermanos, de un taller mecánico en la cercana calle Sr. Alexander Fleming.

La historia de este molino finaliza cuando en 1950, la sociedad de ambos se liquidó y la maquinaria fue vendida a un molino del sureste de Gran Canaria. Por tal motivo, el matrimonio López González se trasladó a La Pasadilla, en Ingenio, donde convivieron con sus hijos durante unos años. Finalmente, Juan Ignacio y Julia se decidieron a comprar unas tierras y un solar en el barrio de Cuatro Puertas, donde se asentarían definitivamente.

Salida de misa en la década de 1950. Puerta de la iglesia de La Pasadilla. A la derecha, Julia (de pie con vestido negro), cogida del brazo de Juan Ignacio (de pie, con chaqueta oscura y corbata). l Foto restaurada con IA. Autor desconocido.

En 1988 falleció Julia Santana González, y cuatro años más tarde, en 1992, Juan Ignacio López Martel, en su domicilio de Cuatro Puertas. Este matrimonio fue uno de los primeros pobladores e impulsores de la asociación de vecinos de este pago de Telde, de ahí que una calle esté rotulada con su nombre.

Vocabulario

Estraperlo: venta o intercambio de productos básicos que se comercializaban fuera del mercado legal de compra venta.

Maquila: porcentaje del 10%, aproximado, del peso de la molienda de grano con el cual se le pagaba al molinero por su trabajo. Se empleaba cuando el cliente no tenía dinero para pagarle.

Tienda de aceite y vinagre: antiguo comercio de barrio que vendía víveres y artículos de primera necesidad.

Por último, agradezco a las personas que cito a continuación la información aportada para redactar este artículo. Sin su colaboración no hubiera sido posible recuperar la memoria de este molino de fuego.

Agradecimientos

A Adelina (Layita) López Santana (Lomo Magullo, 1941), hija de Juan Ignacio y Julia, por su narración e interés en contar su historia familiar.

Además, también agradezco el testimonio de: Maruca Suárez, Antonio Rodríguez y Diego Hernández, cuyos recuerdos han sido fundamentales para recuperar la historia de este molino.

A Inmaculada Suárez Herrera, por cederme las fotografías antiguas del Lomo Magullo que he utilizado para este reportaje.

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